Miguel se va. Qué lo parió, Mendieta
(circa setiembre de 2012)
Un niño rondando la Terminal vieja, un niño rubio en medio de malevos, calaveras, vivillos y otras yerbas. Y su afortunada selección: aprender mucho de la vida y ninguna trampa.
El rubio. Y su papá montando el extraño y complejo techo de la estación de ómnibus.
Después en la Avenida Avellaneda, donde su mamá enseñaba tejido a máquina mientras escribía su manual para Knittax, rara joya de hoy que en su tiempo compraron todas las señoras. Y el rubio haciéndose unos pesos con el calibrado y las reparaciones: mercader fenicio y científico en ciernes.
La Escuela de Comercio y el largo noviazgo con la rubia más guapa del Huerto. Y el suegro implacable y así el comienzo de una hermosa familia.
Miguel en la Facu y en el Ingenio. Regresando del trabajo en su Citroen... un instante después de que el Hércules de Gendarmería estalló mientras carreteaba.
Casamiento y partir con la Gracielita a Buenos Aires. Porque ahora el niño taura se había transformado en científico de la Comisión Nacional de Energía Atómica.
El regreso y los mil oficios. Enseñador, vendedor de lubricantes... Gerente de Las Lomitas y, un buen día, el desembarco en el Decro.
Cuando mi colección de clásicos se mudó a la Moreno, cuando el gordo perdió a su viejo, hace casi quince años.
El último amigo definitivo que me regaló la vida: mi hermano mayor.
Por él enamorarme del tango, del lunfardo y de la comida árabe. Juntos enterrar a nuestras madres.
Mi gordo querido mintiéndome que yo era su maestro de computación... y ahora debo consultarlo a cada momento.
El Miguelo en cada Misa de Quince de mis hijas, en las fiestas familiares... siempre.
Sus lapiceras, el reloj que llevo puesto, las camisas Catorini en mis cumpleaños.
Días enteros en la casa del Miquichón.
Verbigratia: me había dejado estar con los libros contables y él, paciente como un lama, dictándome miles de asientos para evitar mi desgracia.
Cuando partí de mi casa, fui a dar con mis huesos al departamento que los Mijalchik me consiguieron... cerquita de ellos, cerquita de mi refugio.
Cuánta paciencia para soportarme en aquella pena negra, cuánta tolerancia para agregarme a su familia. Porque desde que devine en soltero veterano paso las fiestas en la Moreno.
Hay tanto... nuestra pasión por la historia reciente. Decenas de libros que compartíamos... quién hubiera dicho que mi hermano se me ha agorilado y disfruta haciéndome rabiar porque adhiero al dichoso "Modelo".
Las groserías, naturalmente. Quién podría imaginar a esos dos corteses señores en sus momentos chuscos: cuánta risa... qué par de guarangos sin redención.
Ahora el hombre se jubila jubiloso, tiene nave nueva e incluso hangar domiciliario.
Y yo no puedo compartir su puta alegría, siento una orfandad de niño, de niño al que no han buscado a la salida de la escuela.
Así es el egoísmo, querido hermano mayor. Vamos a seguir avecinados y seré uno más en tu mesa cada Navidad. Pero estoy triste.
Mirá vos: la muerte no te llevó ni por ahogo ni por caída... seguís vistiendo mangas cortas cuando cae la nieve y tu capacidad pulmonar te dejaría soplar tifones.
Entonces ¿por qué te vas?
No me jodan, que ya me siento amputado. Me han talado estos brazos de tantos abrazos.
Por eso copio a Hernández y nunca al flojo Cortez.
Por eso no perdono a la vida desatenta, ni a la tierra, ni a la nada... ni al Anses.Dale, Miguelo, venite a mi oficina que te preparo tu café, sin azúcar, por supuesto. O.D.d'

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